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Cuando la censura adquiere prestigio

La cuestión en estos tiempos convulsos es hasta dónde puede llegar la defensa de la libertad de expresión.

Hace un tiempo, la libertad de expresión era un bien indiscutible. El consenso era firme y, en general, se estaba en contra de cualquier tipo de censura. Lo importante era proteger el espacio público, que ahí pudieran batirse con la mayor libertad todas las ideas y posiciones, que fuera la razón quien gobernara el debate y no los sentimientos, y que se impusieran aquellos que hubieran utilizado los mejores argumentos. Entre los intelectuales y los artistas, fueron muchos los que se propusieron explorar hasta dónde se podía llegar y forzaron al máximo los límites de lo aceptado. Sí, hubo un tiempo en el que el consenso sobre la defensa de la libertad de expresión era tan fuerte que se permitieron los mayores desbarres. De alguna manera, se entendía que hacerle un hueco a lo más heterodoxo (además de molesto y ofensivo) terminaría por favorecer la tolerancia, la convivencia, ampliaría los horizontes y las posibilidades y recursos de la sociedad entera.

LOS VISITANTES OBSERVAN “EL TEATRO DEL MUNDO”, DEL ARTISTA CHINO HUANG YONG PING.

-- Pero todo eso ha cambiado. Llegó un momento en el que ciertos sectores se sintieron indignados ante algunas provocaciones, y exigieron su legítimo derecho a sentirse ofendidos por el abuso de poder de aquellos que cometían desmanes amparados por la libertad de expresión. Muchas veces fueron grupos minoritarios, más frágiles, o sectores tradicionalmente postergados y marginados los que se alzaron contra unas reglas de juego tan liberales. "La impotencia de la parte afectada es un elemento fundamental en la génesis de la indignación", ha escrito J. M. Coetzee en Contra la censura. Fueron, pues, aquellos que estaban en peores condiciones para combatir, quienes cargaban con un pasado de humillaciones y exclusiones, los que terminaron reclamando con más ahínco mecanismos de censura. De alguna manera ganaron, y hoy, en Estados Unidos "hay instituciones de enseñanza que han aprobado prohibiciones sobre ciertas categorías de expresión", observa Coetzee. En esas estamos. Hay personas y colectivos que se sienten ofendidos ante la exhibición de algunas obras de arte, por ejemplo, o ante la publicación y defensa de determinadas críticas o posiciones contrarias a lo políticamente correcto. Defienden que existen unas líneas rojas que no deben superarse y reclaman que actúe la censura. Su indignación, su dolor, su rabia son reales ¿Qué hacer? ¿Hasta dónde puede llegar la defensa de la libertad de expresión? Es posible que esa sea una de las cuestiones que deban debatirse en estos tiempos tan convulsos. Hace unos años existía el consenso de que "cuantas menos restricciones legales se aplicaran a la capacidad de expresarse, mejor. Si resultaba que algunas de las formas asumidas por la libre expresión eran desafortunadas, ello era parte del precio de la libertad", escribe Coetzee. Ya no hay tal consenso. Quizá por eso haya llegado el momento de volver a defender, con humildad, el uso de los argumentos frente a la fuerza de la indignación. Coetzee: "La ira es una emoción que ahoga el cuestionamiento y el cuestionamiento de uno mismo: en la propia ceguera de la ira identificamos su fragilidad ética". Tiene razón. * Publicado en el diario El País

La música del azar

Cuando la limusina blanca estacionó frente a Blue Note, ya estábamos casi congelados. Fue este último enero, en Nueva York. El show empezaba después de la medianoche, pero habíamos decidido llegar con bastante anticipación para asegurarnos un buen lugar en esa cueva legendaria del jazz. Lo que no habíamos imaginado era una espera de más de media hora en la vereda, cuando la ola de frío polar que castigaba el hemisferio norte ya era noticia hacía varios días. En eso estábamos, leyendo el programa que nos habían dado en la boletería -sabíamos poco de la artista que cantaría esa noche-, frotándonos las manos, moviéndonos todo el tiempo sobre la misma baldosa para darnos calor, cuando la limusina estacionó justo al lado de nosotros, casi a la entrada del lugar. Alguien abrió la puerta trasera y del interior emergió no una estrella, no la diva que anticipaba ese vehículo, ícono del lujo y el glamour, sino una chica de sonrisa amigable y casi tímida, vestida así nomás, con una pollera larga floreada y en zapatillas, que se puso a saludar uno por uno a quienes desafiábamos la noche gélida para escucharla cantar. Tenía sobre los hombros una camperita de jean y llevaba en la mano un par de botas blancas de cuero. Así, del final hacia adelante, empezó a recorrer la fila, no más de 20 personas en ese momento, y con cada grupito de gente, turistas o no, se quedó charlando unos minutos, mientras agradecía la espera a la intemperie y se sacaba fotos con quien se lo pidiera. Un rato después, ya acomodados en nuestra mesa al lado del escenario, la vimos entrar, las botas blancas en sus pies, una guitarra criolla entre manos, la misma sonrisa enorme, luminosa, y esa sencillez, ese aplomo. Como si no tuviera apenas 23 años, como si no fuera -supimos después- una de las primeras veces que cantaba en ese templo del Greenwich Village en el que se presentaron casi todos los maestros del jazz. Pero ella estaba ahí, y ninguna herencia parecía pesarle. Sobre el escenario, la chica de pelo afro ingobernable empezó a cantar como si estuviera en el living de su casa. Una voz dulce, despojada, a veces diáfana, a veces rasposa, siempre sugerente, se adueñó de la noche. Victory Boyd era todavía muy poco conocida esa madrugada de enero, aunque, supimos después, 2017 había sido el año de su "descubrimiento": Ray Z, rapero estrella de alcance global, también productor y representante de artistas, la había escuchado cantar, y fue escucharla y proponerle un contrato para grabar en su sello. Lo que siguió fueron entrevistas, shows, miles de seguidores y de likes en las redes sociales.