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El Doctor Francia y el "Overavá Karaí" Artigas

El meollo de esta nota es la relación de ambas figuras consulares, Francia y Artigas, a partir del momento en que su derrota militar definitiva obliga al Protector de los Pueblos Libres a refugiarse en Paraguay, solicitando amparo al dictador.

Y son notas anteriores la que imponen un poco ésta, porque aquel misterioso Paraguay señoreado por el célebre "Supremo", no sólo fue el refugio postrero de Artigas, sino la más bien porosa prisión de Aimée Bonpland y de Pablo Soria, y el famoso Nicolás Descalzi, cuyo intento de navegar el río Bermejo zozobra, yugulado sobre el río Paraguay, en aquel Ñeembucú que tan arduamente disputaran Paraguay y Corrientes, y al que todavía le restan décadas de incidentes bajo otros dictadores, para ser escenario de la más feroz matanza de la Guerra del Paraguay, en el ámbito geográfico de la antigua Guardia, el viejo "presidio" correntino de Curupaytí.

1940. (CIRCA) ARTIGAS EN PARAGUAY. ÓLEO SOBRE CARTÓN DE ZORRILLA DE SAN MARTÍN.

Y, por cierto, lo publicado sobre Soria y Descalzi no quedaría completo si no señalo en ésta que, el cierre final de su informe, publicado el 6 de marzo de 1853 en "La libre navegación de los ríos", nos hace saber que en la Villa Real, "fallecieron tres peones de enfermedad natural", de aquellos tripulantes del "Paisano" dejados en libertad vigilada "para que pudiesen buscar su sustento como mejor les pareciese". En otras palabras, para los foráneos, el Paraguay del dictador parece haber sido una suerte de prisión "cama afuera", pasado el primer momento de alta seguridad, hasta que, pesquisado lo que se consideró conveniente, se les concediera esa libertad vigilada. Como sea, el Paraguay de aquel xenófobo déspota, pintado con los colores más oscuros por los Parish Robertson, con su interés desmesurado por las máquinas y artefactos, la "tecnología" de su tiempo, su cacofónica colección de relojes campanilleando las horas de modo alucinante en minutos diferentes, sus fusilados, apaleados y azotados en el

1846. ARTIGAS. DIBUJO A LÁPIZ DE DEMERSAY.

malhadado arbolito, su creencia en el "hueso perdido" que impedía alzar la cabeza a los paraguayos, su falta de paciencia, hecha leyenda a partir de un retrato para el que, por el parecido, posó su hermana; todo en él, en fin, lo constela como epítome de su propia época y un sujeto sin igual, absolutamente al margen de los demás. Este hombre de hielo, que gobernó encalabozado a diario, voluntariamente, en un ínfimo habitáculo; una suerte de confesionario en el cual daba audiencia de buen grado sólo a sus innumerables y serviles espías y – a creer en sus célebres "letters" – a dos comerciantes británicos, jovenzuelos imberbes que sin embargo fueron capaces de ganarse el favor de cuantos prohombres rioplatenses alternaron con ellos, era sólo capaz de humanizarse imaginando una sociedad imposible, de iguales, entre el Paraguay e Inglaterra, donde las limitadas materias primas paraguayas exportables, impusiesen al "Supremo" como primus inter pares a niveles continentales, bajo el influjo y amparo de la Unión Jack. Pero estos párrafos referirán además a los pobladores nativos y a los

FRANCIA. EL ÓLEO CUYO MODELO HABRÍA SIDO SU HERMANA.

negros, porque ninguna historización que trate de Artigas está completa sin ellos, y en este caso, porque los otros personajes tomados como referentes, Bonpland y Soria, también fueron cautivados por las cualidades y calidades del pueblo paraguayo. Desbrozado el espacio, haciendo una breve referencia al tiempo, los tres son actores de sus propias sagas en la segunda década del siglo XIX, y dos de ellos, que estuvieron los años suficientes, dejaron descendencia, uno - Bonpland -, incluso su apellido en la región; y ambos rindieron allí la vida. Cosa que, por cierto, también hizo Pedro Campbell, a quien Ramírez entrega maniatado al Paraguay, reclamando en cambio a Artigas. Francia lo deja con un palmo de narices, pero conserva al irlandés. Artigas, pide permiso para entrar a Paraguay desde Candelaria, el 6 de septiembre de 1820, y tres días más tarde, un escuadrón de caballería le presenta la respuesta y las condiciones de Francia, que él acepta: puede cruzar la mitad de sus hombres (unos 200) previo entregar sus armas. El otro 50% debe aguardar, y a partir de esa espera protagoniza una historia diferente en suelo misionero. El 14 de septiembre, 76 leguas y cinco días después, Artigas entra en Asunción, - su escolta al día siguiente -, y es incomunicado, en el Convento de La Merced, ocupando la celda que fuera de los Visitadores de la Orden; la misma que en su momento alojara a Félix de Azara años antes, y a Elisa Lynch décadas más tarde. Si se quiere, una jaula de oro. Según el dictador, el oriental llega "desnudo…sin más vestuario ni equipage (sic) que una chaqueta colorada y una alforxa (sic). Se lo socorre, con una largueza que da para pensar en la alta consideración que, en los hechos, le demuestra Francia. Mientras tanto, los patricios paraguayos que podrían decirse amigos de Artigas, como Bogarín y Yegros, entre otros, son lanzados a negras mazmorras y torturados durante el desarrollo de una verdadera purga que consolida a machamartillo el poder absoluto del Supremo. Al "Protector", le son entregadas, además de otros efectos, "ocho varas casimir fina color aplomado, seis varas de zaraza fina, tres piezas de Bretaña de Francia ancha a ocho pesos, seis pares de medias, dos varas de paño fino azul a diez pesos vara, quatro (sic) pañuelos para bolsillo, quatro pañuelos para cuello, dos sombreros finos a siete pesos, siete varas de piel arrasada, siete octavas razo (sic) negro, dos estuches de a dos navajas a tres pesos cada uno, media docena cubiertos, dos pares de botas mandadas trabajar a ocho pesos cada uno, dos pares de zapatos mandados trabajar a dos pesos cada uno, dos levitas de zaraza a tres pesos, la hechura de siete chalecos, la hechura de cinco pantalones, 1 hechura de un fraque, dos jarros de lata, una frasquera con doce frascos, tres copas y dos vasos de cristal, un frasco de aguardiente y otro de Mistela, dos frascos de vino carlón, dos frascos de vino de la tierra, siete varas encages (sic) ingleses, las hechuras de dos peynadores (sic), y sigue, todo ellos por una suma de 458 pesos 7/1 octavo "reales fuertes". Igualmente, el comandante de Curuguaty, adonde es recluido, recibe otros 515 pesos para entregárselos como "mesadas" a lo largo del año. Esas cantidades, en lo sucesivo irán disminuyendo por dos grandes y hermosas causas. La primera, que Artigas, lo que recibe con una mano lo reparte generosamente con la otra. La segunda que con la plenitud de sus 56 años se entrega con ardor a ganarse el pan con el sudor de su frente. Francia, que no accede a entrevistarse con él, afirma que "…lo hize (sic) llevar a vivir a aquella Villa… por ser aquel lugar remoto, el de menos comunicación con el resto de la República". A Campbell en cambio, el ardoroso guerrero leal sin tacha, lo recluye, también rigurosamente vigilado, en Pilar, donde además refuerza sus efectivos. Allí acabará sus días en oficio de talabartero, aquel agauchado pelirrojo que se batiera a outrance en Cepeda y capitaneara la flotilla artiguista en su esfuerzo por la supremacía fluvial en el río Paraná. La escolta de Artigas también es desperdigada por el territorio paraguayo. Los sargentos, Álvarez a Tacuaty, Ledesma en Ypané, los lanceros negros y sus guainas en Laurelty, que con el tiempo toma el nombre de Cambá Cuá. Como no podía esperarse menos, esa comunidad guerrearía luego contra la Triple Alianza en uno de los más bravos batallones paraguayos, el Nambí Í. Como vemos, Francia no desperdicia gente, y no derrama sangre en vano. De un modo u otro, a todos los que esta personalidad compleja y obscura aprehende bajo su férula, los "usa" en el más ortodoxo sentido del término, como los trebejos un jugador de ajedrez, echando mano del aislamiento, la distancia y los centinelas. Empero a nadie deja inerme. Cada uno pareciera haber sido dotado en la medida del aprecio del Dictador, a ninguno le falta lo necesario para su "mantención" y para poder trabajar con sus manos. A ninguno le brinda más atenciones que a Artigas. Aunque fuera esa consideración desangelada, fría como el hálito de la muerte que lo caracterizaba. Confieso que cuando comencé a investigar para esta nota, tenía un concepto formado sobre Gaspar Rodríguez de Francia que ahora me veo obligado a dejar en suspenso. Es mucho lo que me falta leer, y todavía más lo que me resta reflexionar antes de animarme, arriesgando una opinión definida. Tan es así que voy a terminarla habiendo escrito mucho más del "Supremo" que del "Protector", como era mi intención inicial. En fin, como me quedan todavía para historiar cuestiones valiosas de los años postreros de Artigas en el suelo guaraní, por cierto poco conocidas, continuaré con una segunda parte esta nota en la próxima edición.