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1808. "Fiestas de Antaño"

Cerramos hoy la exégesis del documento de Pampín, que a lo menos a nosotros nos reservó varias sorpresas, en especial a la hora de sopesarlo en la relación de su tiempo con el nuestro.

Es el gran historiador francés Pierre Nora, quien creemos define con mayor rigor el concepto de "anacronismo psicológico", como aquella tara historiográfica que nos lleva a intentar la interpretación del pasado según los criterios del presente. Léase bien, que hablamos de "interpretar" y no de "juzgar", porque si una interpretación razonable es harto difícil, son demasiadas las veces en que nos degradamos al papel de jueces de la Historia, autoasignándonos el derecho de decidir quiénes son los "buenos" y quiénes los "malos", e incluso proponiendo imposibles sanciones póstumas para estos últimos. Nosotros tampoco podemos tirar la primera piedra. En estas mismas notas, interpretando críticamente el

Pampín Fermín Félix

vocabulario cortesano de Pampín lo tachamos de "adulación", cuando pudo haber sido simple formulismo. También la percepción de que el "honor" es un valor caballeresco raro de hallar exaltado por un comerciante; el incomodarnos por las evidentes referencias al sistema colonial de castas representado por los particulares "más distinguidos", y "los jovenes de calidad garantizada" como tildamos (abriendo juicio ¿qué duda cabe?) a los 24 "Jovenes dela (sic) primera calidad, gallardamente bestidos (sic)" que cita el gallego sin el más leve temblor de su péndola, lo que quizá debimos interpretar más dulcemente, porque quien se halla plenamente inserto en su época es él, no nosotros. En fin, probablemente el juicio (porque de eso se trata aunque duela decirlo) más controvertido que formulamos respecto de aquel documento, es el que gira sobre la conducta del autor y sus contemporáneos, que en 1808 proclaman su fervor monárquico, para exaltarluego su patriotismo, estallado el año 10.

Napoleón

¿Cómo hacemos para que sean coherentes las diferentes visuales de aquellos sucesos? En una de nuestras notas, mínimamente recortamos tres: la del actor, la de sus descendientes y la de los espectadores, que venimos a ser nosotros. Así, ¿Podemos denostar tan livianamente a aquellos que habían sido "españoles la mitad de su vida" como maravillosamente sintetizó Pujol? Allí sí que hubo interpretación del hecho histórico y no prejuicio…o juicio, como arriesgaría ser nuestro caso.

Los Reyes Católicos

Lo que sí, reconocemos que entonces, aquellas expresiones, aquel vocabulario cortesano, eran tan de oficio como podría ser hoy para un "CEO" cualquiera, desde un diplomado en "management" hasta un "leader" en educación, hacer referencia a los "desafíos" que es menester enfrentar, o a las "oportunidades" que se hace imprescindible tomar en cuenta. Y vale también arriesgar que entonces, por estas colonias, la monarquía lo era todo, y hablar de República resultaba tan peregrino como disertar ahora sobre las flamantes "neurociencias". Pero, antes de seguir adelante, engolosinados como estamos con nuestras propias elucubraciones, cumplamos lo prometido asentando que el último día de los festejos, fue un poco un calco del segundo salvo que los catalanes tripulantes de la galeota, como quedara aquella desbaratada en la

Carlos I

falsa refriega, montaron un cuerpo de miñones que realizaron un despejo (serie de evoluciones militares), "siendo tal el fuego que hicieron" aunque sólo eran 16, que tuvieron que retirarse "temprano, por no haberles alcanzado los mil cartuchos que quemaron". Luego, los "jobenes" que ya conocemos, fueron objeto de un convite a bordo de la fragata, descendiendo de inmediato para formar en guerrillas – cristianos contra moros – y batirse sable en mano, para rematar la función pronunciando a coro dos de las consabidas "décimas", que parecen haber sido muy del gusto de aquellos públicos. Entre las copiosas notas que acompañan el documento, más que nada referenciales del valor de aquellos sucesos, sobresale – descontada la que ya reseñamos respecto de los indios -, la

Felipe II

destinada a describir en detalle la vestimenta de "moros" y "cristianos". Llegados aquí, prosiguiendo nuestras reflexiones, vale señalar en primer término, que el escrito de Pampín sin lugar a dudas fue obrado podría decirse que apenas atravesado el tiempo en que se produjeron los hechos, porque de no ser así, su conducta "revolucionaria", apenas posterior, hubiera censurado toda o gran parte del texto. Salvando las distancias, creemos que prácticamente es periodístico, con la frescura del día. Otra reflexión que se nos impone, es la de profundizar en el fenómeno de la "zona de confort", que evidentemente los correntinos de entonces cifraban en la aquiescencia con un sistema que prácticamente se había mantenido invariable durante siglos. En ese sentido, la mayor sorpresa nos la deparó el análisis del año 1810 mismo a través de las actas del cabildo local, que ni quitan ni ponen rey obrando según se les impone desde Buenos Aires, pero más allá de los papeles actúan a regañadientes. Es más, compelidos por un agresor en superioridad de condiciones a devolver unos buques secuestrados en su tránsito al Paraguay, se desligan de toda

Fernando VII

responsabilidad haciéndola recaer en el funcionario enviado por Buenos Aires para encabezarlos. Del mismo modo, sus actas sólo mencionan al "general del norte" una vez, cuando éste les remite una copia del Contrato Social. Y la expedición al Paraguay de Manuel Belgrano ¿qué duda cabe? Es el principal acontecimiento revolucionario de aquel año. Ni siquiera arriesgan llamarlo por su nombre. Recién en 1811 van a salir de estampía de su zona de confort y a enfrentarse "patriotas" y "sarracenos", que incluso entonces perduraban los moros como la encarnación simbólica del mal. Y en aquel 1808 donde Velarde y Daoíz rinden su vida en Madrid, donde los sitios de Zaragoza se inscriben indeleblemente en la historia del valor y el horror, "dejándose matar en la brecha" las mujeres, y Lannes sintiendo pena por una victoria que lo obliga a "matar a tantos valientes", los correntinos se refieren más bien tímidamente a Godoy como un "hombre malo e indigno", y al "Emperador de Francia y Rey de Italia: el Hombre de la iniquidad: El exterminador del género humano: El enemigo declarado de la Religión…". Y decimos tímidamente porque esta retahíla de violentos insultos subyace entre las notas, al final del texto, mientras todo son elogios y zalamerías fernandinas cada vez que refieren al monarca que juran, recluido por los franceses en Valencay. Un "rey" que cumplimenta del modo más servil al gran corso tras cada una de sus victorias, y le solicita ser su hijo adoptivo. Llama la atención que en vez de escoger franca, abierta, públicamente para el papel del "malo", de enemigo, a esos franceses que están pasando España a sangre y fuego, a ese Napoleón que en el mismo 1808, a manos no menos españolas, acaba de sufrir su primera gran derrota en Bailén, disfracen a sus jóvenes de pro con turbante y ropas orientales, para remedar una brega que, tantos siglos antes, los Reyes Católicos resolvieran continentalmente en Granada en 1492, y Felipe II rematara en el mar en Lepanto en 1571. ¡Cuanta razón tiene Maeder cuando señala los hiatos y simas de la memoria, como el recuerdo de un pasado vivido o imaginado cuyos hechos un grupo humano puede reivindicar porque siente, emocionalmente, haberlos experimentado! Lo interesante del caso es que este ejercicio de la memoria histórica, parece desnudar la anestesia con que muchos españoles, - y sería el caso de aquellos coloniales -, adormecen toda posibilidad efectiva de, - "vero" o "trovatto" -,aplicarla respecto de un enemigo real, tangible, cronológicamente cercano como Napoleón, al que los virulentos insultos que le dirigen evidencia no obstante que identifican claramente, pero temen aún a la distancia. Y bien, no lo hemos dicho todo, pero sí dijimos todo lo que nuestro espacio da para decir. Alea jacta.