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"Posverdades", "Relatos" y "Fiestas de Antaño"

La serie de notas que venimos publicando para reseñar las grandes festividades desarrolladas en Corrientes celebrando el advenimiento de Fernando VII al trono de España y las Indias, no constituyen la primera incursión periodística en este tema. En el año 1885, Manuel Florencio Mantilla, bajo pseudónimo, se anticipó dando a las prensas un trabajo titulado "Fiestas públicas de antaño" (La jura de Fernando VII en Corrientes)".
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Mantilla, estaba casado con la hija de Fermín Félix Pampín y había tomado posesión de los papeles de su suegro, que fueron las fuentes de ese y de otros trabajos suyos vinculados a la Corrientes pre y posrevolucionaria. Son los mismos documentos de que echamos mano nosotros, a partir del original custodiado en el Archivo General de la Provincia. Entre una y otra publicación, grosso modo, han transcurrido la friolera de 133 años, lo que da para reflexionar mínimamente sobre la naturaleza de los procesos que hoy algunos caratulan como "reescritura" de la Historia. Lo primero que se nos ocurre es afirmar que las "tijeras y cola" de que hablaba Collingwood (lo que hoy sería el "corta y pega" de estudiantes deshonestos y la oferta digital de publicaciones hueras de ética como "El rincón del vago" o "hacemos tu tesis"), se ha trasladado un poco al campo de las percepciones históricas, para que cortando y pegando lo que considere de interés del pasado, cada quien pueda armarse su propia proposición de lo que es la Historia. Probablemente estamos en presencia de un proceso evolutivo de lo que tradicionalmente se ha denominado "periodización", pero como pensamos en esos recortes del ayer que a fuerza de proclamarse no lineales y de maridar sincronías y diacronías tanto pueden semejar un mosaico con sus teselas, o una colcha con sus retazos, creemos que vale sino hablar, al menos señalar que la recientemente denunciada "posverdad", también puede estarse dando en materia histórica.

FERMÍN FÉLIX PAMPÍN.
FERMÍN FÉLIX PAMPÍN.

-- Y aquí se nos impone otra palabra "al dente" de las historizaciones en boga, que es "el relato", o sea cómo percibe el pasado (o como busca que sea percibido) el que "reescribe" la Historia, condimentándola (o administrándole venenos), según sea el caso. Recordando la severa admonición de Cervantes, pero parafraseando a Huizinga, diríamos que la Historia puede ser conceptuada como la forma en que una cultura se cuenta a sí misma su propio pasado. Hasta aquí todo parece ir bien, sin embargo en la época de la posverdad, creemos que lo primero que entra a discusión es la idea de pasado, y a partir de allí, el problema del tiempo como substancia de la Historia. En efecto, ¿cuándo comienza y termina el "pasado"? El inicio, desde ya está entregado a debate entre quienes todavía jalonan con la escritura la frontera entre prehistoria e historia, y los que lo datan millones de años atrás enarbolando restos osteológicos. La cronología de ese ayer también se ha visto obligada a salir de su zona de confort, tironeada entre los que siguen poniendo el cero de la Historia donde el Venerable Beda, con el nacimiento de Cristo y los que

ÁNGEL FERNÁNDEZ BLANCO.
ÁNGEL FERNÁNDEZ BLANCO.

hacen tabla rasa con toda proposición religiosa del origen de los tiempos. Demás está decir que a la tendencia a erigir una Babel cronológica aportan lo suyo las culturas que datan per sé sus propios orígenes, como las asiáticas o la judía, sumando miles de años a sus cisuras entre el caos y el cosmos. ¿Y cuándo se cierra el pasado? Ese es otro intríngulis, según se valide la "historia reciente" y se desestime la crónica, o se afirme que "todo es Historia", hasta el futuro mismo, como leímos hace unos días sobre el Apocalipsis pronosticado por un dizque "historiador" de esos que la prensa un día exalta y al otro olvida. Finalmente, con el relleno del emparedado pasa otro tanto. El jamón, el queso y el tomate, los hechos históricos, se han convertido en construcciones donde demasiadas veces la Biblia está abierta sobre el calefón, porque lo que importa no es tanto la verdad como lo que se quiere demostrar o se pretende decir. Ya hablar de "posverdad" nos está advirtiendo que no es la verdad misma lo que se pone ante nuestros ojos sino, las más de las veces, el "relato".

COLLINGWOOD. R.G.
COLLINGWOOD. R.G.

Como sea, la conclusión quizá deba ser un nuevo interrogante, que nos haga preguntarnos en qué medida lo que nosotros mismos hacemos evita caer en las redes de la pos verdad, hasta qué punto nuestra propia escritura de la Historia no es total o parcialmente, solo otro "relato" más. Un elemento no desdeñable de esas escrituras y reescrituras historiográficas, es la semántica, entendida no sólo como significado de las palabras, sino como construcción, reconstrucción o lisamente invención de flamantes términos. Su validación a manos de "figuras", y su reiteración hasta el agotamiento, serán las que les otorguen carta de naturaleza. La pos verdad y los relatos, ya están consagradas como tales. Mucho más reciente, por ejemplo, hablar de "asilvestrados" en vez de salvajes, como señalamos en referencia a los perros que en nuestra última nota denunciábamos como predadores de los rebaños del Sur del país, a lo que hoy podemos agregar que también se "asilvestraron" buena parte de los 500 felinos que habitaban el Jardín Botánico porteño, al punto de despoblarlo de aves hasta no hace mucho, cuando de un modo que la prensa no expone, seguramente para no herir conciencias proteccionistas, se logró reducir su número a trece solamente. Llegados aquí, podríamos hablar entonces tres percepciones, o si se quiere "relatos", diferentes de los mismos hechos, por más que se respeten su forma y fondo. La primera, es la de Pampín mismo, con su lenguaje melifluo y si se quiere cortesano, ahíto de alabanzas y adulaciones hacia un soberano del que sólo se cuenta con un retrato endoselado, y una descripción grandilocuente de festejos que ponen de manifiesto la medida en que han echado mano a la faltriquera de los comerciantes correntinos. La artillería y los explosivos como fuegos artificiales, son los que dan el ruido de fondo, el "sonido" a los sucesos, y se visualizan de modo tal que el festejo de la primera noche se cierra con fuegos artificiales "de diferentes inbenciones y luces, desde quatro castilletes…" hasta que uno de los proyectiles se disparó hacia atrás detonando toda la "Probición" que se hallaba a retaguardia, lo que "llamó la atención de los espectadores, aumentando la Dibersión, mobiéndolos de sus asientos y sirbiendo de señal" para que todos se retirasen apresuradamente a sus casas. En otras palabras, un accidente tipo Cromagnón, por suerte a cielo abierto, narrado como un factor de entretenimiento más. De los arcaísmos y anacronismos de Pampín, saltamos, tres cuartos de siglo después, al enfoque mantillista. Un relato despojado y abiertamente antimonárquico, donde prima sistemáticamente la oposición franca y abierta a toda forma de poder que siquiera roce el exceso, porque la sombra de Rosas y la eterna contienda periodística contra la "mashorca" y sus herederos federales está siempre presente en el "relato" del saladeño, morigerado para el caso por el tácito respeto al pensamiento, palabra y obra de quien fuera su suegro. En definitiva, el nuestro, un siglo largo más tarde, que se sorprende con ese Pampín y sus contemporáneos, gastando una fortuna tan poco antes de voltear el poncho, y admirando la insobornable dureza "patricia" de Mantilla, más que adversario, enemigo de hasta el más ínfimo atisbo caudillesco, y contrapesando para nuestro propio tiempo el valor espúreo de las prebendas y homenajes fuera de toda medida, contra el dolor inconmensurable de la pérdida tan creciente como incontenible de las formas republicanas.Y, con la excusa pampinesca, nos quedó para la próxima nota rematar nuestra propia narración de aquellas "Fiestas de Antaño".