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1808: fuegos artificiales y pirotecnias de antaño

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Continuamos hoy la exégesis de un olvidado documento que custodia el Archivo General de la Provincia, redactado por Fermín Félix Pampín como cabeza de los comerciantes correntinos de las postrimerías de la época colonial. El folleto, porque se trata de un cuadernillo de 58 carillas, en 8 "capítulos" y un anexo de "notas", da cuenta de los rumbosos festejos desarrollados en Corrientes por el advenimiento al trono de Fernando VII. Nuestro objeto es el modo como nuestros antepasados celebraban sus fastos y además, el acopio de algunos elementos de juicio sobre la naturaleza y el uso de los fuegos artificiales en la Corrientes de aquellos años. El disparador de nuestras inquisiciones fue el reclamo de los amantes de las mascotas, tratando que durante las últimas festividades, se descartara el uso de la pirotecnia, por los efectos negativos del ruido sobre ellas y, según parece, sobre quienes sufren de autismo. Esto último, lo dejamos al arbitrio de los que saben y entienden. Tanto por lo que encarna en sí mismo como diferencia de capacidades, como porque, históricamente, es un hecho recientísimo. Recién en 1908 Eugen Bleuler creó el vocablo autismo y apenas en 1943 tenemos, con Leo Kanner, la primera experiencia de campo compleja sobre el tema. El caso de los perros (no nos ocupamos de los gatos por carecer de elementos de juicio suficientes) es si se quiere, parecido y distinto. Parecido porque no hace mucho tiempo que los mejores amigos del hombre se han convertido en delicadas "mascotas" que pueden infartarse por el estampido de un caño de escape. Diferente, porque desde la noche de la Historia, el perro fue, como si dijéramos, un "auxiliar" indispensable en las acciones bélicas y venatorias de los humanos. Imprescindibles para la guerra y para la caza, los canes además, evolucionaron largamente para tornarse pastores capaces de apacentar rebaños y hacer frente a los lobos.

-- Y diferían de los lobos en la medida en que las circunstancias no les imponían otra cosa. En lo que hoy es la terminal de Retiro, en Buenos Aires, todavía bien entrado el siglo XIX había un lugar denominado "el rincón" o "el hueco" de los perros, donde los animales cimarrones eran un verdadero peligro para los transeúntes. Ni hablar del riesgo que entrañaba tropezar con una jauría de esos "cimarrones" en la inmensidad agreste de las pampas. En zonas menos desiertas, época hubo en que los corredores de carreras pedestres, competían munidos de revólveres de bajo calibre para protegerse de eventuales ataques. Con el tiempo, razas de grandes cualidades para la caza, como los cocker spaniel, o los setter irlandeses, entre otros, esencialmente por su belleza, terminaron convertidos en "mascotas", e incluso aparecieron nuevos oficios como los paseadores de perros, como forma de combatir el encierro, especialmente en las propiedades horizontales. En estos días, alguien circuló por las redes lo que llamaríamos dos "cuadros" comparativos. En uno, un perro acompaña a un conquistador calzado al completo de acero y cuero. En el otro, un típico faldero con moñitos en las orejas y una envoltura multicolor, se asusta de los fuegos artificiales. En fin, es el signo de los tiempos, pero volvamos al escrito de Pampín, que muy al estilo de su época, sobreabunda en fórmulas más que de cortesía, diríamos de adulación hacia toda forma superior de autoridad, y roza la obsecuencia cuando se trata de alabar al rey. Reiteramos, históricamente nos resulta muy interesante que los comerciantes correntinos consideren que está comprometido su honor en lograr éxito con los festejos, y que, como cosa natural, la autoridad espere y obtenga que los que tienen los fondos necesarios sean los que se "jueguen" para hacer posible el homenaje. El "honor" llama la atención porque ser un concepto que de todo punto de vista ha devenido anacrónico y no sólo entre los que se dedican a las actividades económicas. La corrupción, de la que todos tenemos conciencia y de la índole que sea, es diametralmente opuesta al honor y nos exime de otros comentarios. Con respecto a la obtención de "fondos", descontados los aportados para respaldar campañas políticas, todos sabemos lo arduo que resulta obtenerlos del equivalente actual de aquellos comerciantes, para la causa que sea, y aunque les signifique un interesante "marketing". Reiteramos, a partir de aquí, que por la época que tratamos, los fuegos de artificio se basaban primordialmente en el uso de la pólvora negra, como asimismo que las salvas de artillería eran el indispensable sonido (o ruido, como se prefiera) de fondo. Y, hablando de sonidos o ruidos de fondo, nuestra propia época tiene un nivel de ruidos aterrador, capaz de poner en trance al más pintado, con solo entrar al 99% de las confiterías o restaurantes y al 100% de los lugares de esparcimiento. Sobre ello, no merece que ampliemos respecto de la contaminación visual y sonora de los televisores que presiden todos los lugares públicos, y la música que nos ataca los oídos hasta en los supermercados. Lo que sí no podemos dejar de resaltar, es que tanto lo que proyecta la TV como la música que nos imponen, son escogidas por los empleados o vendedores, que no es poco lo que se molestan si se les pide bajar nivel del sonido. Y se incomodan, porque a las generaciones actuales, nada hay que les resulte más valorable de un equipo cualquiera que la cantidad de decibeles que puede alcanzar. Basta con ver cómo los vendedores los muestran en las casas de artículos para el hogar. Y durante siglos, el ruido más poderoso que podía producirse artificialmente para honrar a alguien o algo, salvo lanzar las campanas a vuelo, era el de la artillería en salvas. Todavía se la utiliza como fórmula de homenaje. Rescatamos pues, de aquella ceremonia de jura de fidelidad al Rey de 1808 en la actual Plaza 25 de Mayo, el constante tronar de las salvas de artillería durante la marcha desde la casa del Alférez Real. La ceremonia en sí, más que a las "ingeniosas ideas" de Ángel Fernández Blanco, "Juez, Diputado de Comercio por el tribunal del Real Consulado de Buenos Ayres en esta Ciudad de Corrientes", y por lo tanto el mandamás de quien dependían los comerciantes, debe al protocolo que analiza Hilda Raquel Zapico para las que expone como "ceremonias de júbilo", consolidadas en Buenos Aires durante el siglo XVIII durante las juras de los reyes anteriores. En el centro de la plaza se había colocado "un espacioso tablado" al que subió el Alférez Real, ondeando desde allí el estandarte y aclamando "al Sor. Don Fernando Séptimo por nuestro Rey y Señor" y "rectificandolo" (sic) el pueblo, con "repetidos bibas y aclamaciones, entre los Estruendos de las Salbas y Armoniosos de la música". Después, toda la comitiva se desplazó "a los puntos acostumbrados y de estilo", - las plazuelas de la Merced, Santo Domingo y San Francisco -, repitiéndose la aclamación. Luego acompañaron al Alférez Real hasta su casa. Las noches del 25, 26 y 27, se iluminó especialmente la ciudad, y la banda de música tocó desde el tablado. A posteriori, "oportunamente", el Cabildo ofició al comercio para que llevase adelante "todas las demostraciones públicas, que fuesen capaces", para "inflamar del más ardiente Amor y Lealtad a nuestro legítimo Soberano", a lo que "Al punto" el comercio "conbocó a Junta General" y "no baciló un momento" en acordar que se preparasen gratuitamente todas las funciones "que un tiempo tan augustial" reclamaba. Como era lógico, los comerciantes acordaron con el ayuntamiento para que las celebraciones no fuesen en detrimento de sus propias actividades, resolviéndose diferirlas a los días 5 a 8 de octubre. Y llegados aquí, con esto, quedamos en disposición de hacer frente en nuestras próximas notas, al desarrollo de aquellos babélicos festejos.