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Un mal de estos tiempos

Una de las cuestiones que caracteriza el momento que vivimos es el no reconocer que hemos actuado en contra de los más sanos principios republicanos y que hemos lacerado impunemente el orden, las leyes y el decoro. Si se cree que no es el marco social en el que vivimos, usted no habita el ámbito social y vecinal de nuestro lugar en el mundo.
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La precedente afirmación se basa en la conducta de la clase llamada "dirigente" que, en pos de un resultado político, se ocupa de denostar a sus adversarios electorales con cuestiones que nacen de afirmaciones sin las comprobaciones suficientes y sin que haya habido una investigación seria y responsable, con una conclusión determinante y determinada por el poder encargado de hacerlo que, por otra parte, no tiene la libertad de conciencia y de decisión que el vivir en una república institucionalmente enferma le produce.

Los intereses personales, o grupales, pero faltos de sentido patriótico son la constante en un ámbito cargado de decisiones erráticas y contundentemente desfavorables para el ciudadano común que, día a día, se va convenciendo que, en estos tiempos, el mal triunfa sobre el bien por la inequidad de los conductores sociales y políticos.

Así, el ciudadano común se halla en total estado de indefensión ante grupos de poder que no hacen más que actuar incansablemente en la búsqueda de un apoyo que, luego, no es objeto de una devolución en sus aspiraciones más básicas.

Al hombre común que vive una vida en el marco de la legalidad le produce escozor ver como la impunidad ha ganado todos los terrenos y, entonces, piensa que lo mejor que le puede ocurrir es que no le suceda lo que, día a día, le sucede a otros.  ¿No parece eso un contrasentido total?, cuando, en realidad, debe ser un hecho aislado el ser objeto de delitos contra la vida, la integridad física o la propiedad y que los autores sean aprehendidos, juzgados y condenados.

Entonces, lector, el mal de estos tiempos depende de quienes tienen responsabilidades relacionadas con el evitar esos hechos, erradicar sus autores de la convivencia con quienes sólo aspiran a vivir tranquilos y preocuparse sólo por sus tareas para ganar el sustento familiar o para alcanzar un mejoramiento en su nivel de vida, aspirando hijos que, desde que nacen, sean respetados y movidos por sanos intereses de buena instrucción, estudios, títulos o lugares en un ámbito pacífico y valedero.

Pero, lamentablemente, no es así.  Hoy en día el nivel de delincuencia y corrupción ha llegado a niveles que sobrepasan el nivel medio y, quienes no se ha iniciado en esas "actividades", se sienten expuestos a los que las manejan y ruegan porque no les toque a ellos, lo que le sucedió a un vecino o a algún otro u otra que, furioso o lloroso, según el caso, cuenta ante un periodismo acostumbrado a hechos semejantes, su desgracia que, vaya paradoja, queda en un relato de los ribetes ya indicados, sin que "pase nada".

Entonces: ¿dónde está la solución? ¿Volver a la violencia de la autoridad pública? NO. Porque ya se ha demostrado que ese accionar genera más violencia cuando no culpas o críticas a los poderes constituidos y sigue la calesita interminable de quejas, explicaciones vanas y olvido inmediato.

Lástima que nadie, o casi nadie, se da cuenta que estamos al borde del precipicio y que, si no se buscan alternativas eficaces, perderemos paz social y caeremos nuevamente en el caos y en el desgobierno. Así lo veo yo.