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Los hermanos perversos

Enseñanzas sobre la fraternidad en forma de parábolas para solucionar conflictos y avanzar en la educación de los hijos para que ellos eviten las discusiones estériles y perjudiciales.

Cuando salió mi último artículo en el diario época varias lectoras me llamaron por teléfono para felicitarme por el mismo y María me pidió encarecidamente que haga conocer otra parábola mía, de los que contaba a mis hijos cuando eran chicos. Esta vez voy a complacer a María que me pidió, encarecidamente, que escriba una nueva parábola tan interesante como escribí en el artículo anterior. Mis hijos cuando eran chicos querían discutir mucho, por fruslerías, un día les dije les voy a contar una nueva parábola; se trata de los hermanos perversos. Tan ansiosos estaban que una vez me preguntaron cuándo les iba a contar. En una oportunidad que discutían sobre quién es el que más me hace caso les dije, después de comer, siéntense les voy a contar la parábola prometida. Un señor, ya anciano, tenía cinco hijos y muchas ovejas como medio de vida, cierta vez, en el invierno, las ovejas no tenían qué comer cerca de la casa y el padre les dijo a los cinco hijos que las lleven donde todavía había pasto y se fueron al otro lado del cerro donde crecía en abundancia. Como fueron para quedarse todo el día porque era lejos, cada uno llevó su correspondiente avío y del otro lado del cerro encontraron una cueva donde se refugiaron porque hacía frío, pero no todo llevaron lo necesario para pasar el día. Y cuando se dieron cuenta de ello, pidieron a los otros y todo hubiera terminado en paz si se hubieran mostrado solidarios y compartido los alimentos y esa solidaridad habría sido beneficiosa para aumentar el afecto y los vínculos familiares, habrían crecido como hermanos, pero no fue así y empezó una discusión sin sentido porque los que llevaron suficiente no tenían para compartir con los que no llevaron. Las ovejas estaban ya pastando y los cinco hijos empezaron a discutir y se olvidaron de la majada y tan distraídos estaban en la discusión que no se dieron cuenta que una manada de lobos hambrientos llegó hasta las ovejas y empezaron a matarlas y comerlas.

EL PADRE REUNIÓ A LOS PASTORES Y LES ACONSEJÓ SOBRE MANTENER LA UNIDAD.
EL PADRE REUNIÓ A LOS PASTORES Y LES ACONSEJÓ SOBRE MANTENER LA UNIDAD.

-- Cuando se dieron cuenta de lo que ocurría pararon de golpe y el hermano mayor que tenía una escopeta la preparó para ahuyentarlos, pero ya era tarde; habían matado muchas ovejas, los ahuyentaron, pero había un tendal y las estaba comiendo. Cuando los lobos huyeron con los estampidos de la escopeta y los perdigones que recibieron había mucho daño y todos reaccionaron y se quedaron callados pero ya era tarde. Esa noche volvieron a su casa, con la cabeza gacha, cada uno, haciéndose cargo de la situación, sin ocultar su culpa y le expusieron a su padre, muy compungidos, lo que había pasado. El anciano escuchó a sus hijos, callado, y los llevó al galpón de las ovejas, donde había, en un rincón, una pila de varillas para la huerta. Los hizo sentar, para que mediten y luego comenzó a decirle, primero al mayor, toma una y trata de romperla en tu rodilla. El mayor, sin esfuerzo, la rompió; luego los demás hicieron lo mismo. A su término, le dijo al mayor, ahora toma 5 varillas y átalas, en sus extremos y en el medio; ahora, trata de romperlas, como a las otras y, por más esfuerzo que hizo, no pudo. Luego concluyó, eso pasa con ustedes, los hermanos, cuando sean unidos serán fuertes sino serán débiles, como ahora. En la vida real, hay que tener en cuenta esta premisa "la unión hace la fuerza". Sin embargo, muy a menudo nos olvidamos de ella y cometemos toda suerte de exabruptos contraproducentes, contrarios a nuestros más calificados deseos. Es que somos humanos y no ejercitamos el dominio sobre nuestros actos. Ese control es imprescindible realizar, para no caer en la estulticia. En mi adolescencia, tuve la suerte que un tío mío, Juan Genaro González Vedoya, me prestó dos libros de Paúl C. Jagot, "El dominio de sí Mismo y El Poder de la Voluntad", que impactó profundamente en mi entendimiento y me permitió tener, en cierta medida, el control de mis actos. No puedo decir de todos, porque hay algunos que son volitivos y otros que son involuntarios y nacen en las profundidades de nuestro ser y se presentan automáticamente, en el momento oportuno. Qué bueno sería, concluí, que siempre tengamos en cuenta el sentido de esta parábola y obremos conforme a ella, cuando sea menester. Pocos días después vino el menor de mis hijos, a quien le llamamos Toto, sobrenombre que él se puso, cuando era muy chico, no recuerdo en qué circunstancia; Papá, me dijo y me planteó un problema que lo aquejaba. Recuerdas, le espeté, tal parábola le dije, tendrás la solución si obras conforme a ella y lo mandé a que piense. Habrá pensado mucho, porque recién al día siguiente apareció con la solución y tan acertado estaba, que lo felicité calurosamente. En efecto, las parábolas me sirvieron para hacerlos pensar y me ayudaron a formar su personalidad.