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Razones para afrontar los hechos, con calma

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Cuando mis hijos eran chicos les enseñaba las cosas con parábolas, sin enojarme y con la mayor calma. Por más grave que sea la falta cometida, porque éstas se producían por accidente, descuido o negligencia, porque no podemos pretender que los chicos sean perfectos si muchas veces los adultos no lo somos, por más que nos propongamos; en este sentido me ayudó mucho, en mi adolescencia, la lectura de dos libros maravillosos de Paul C. Jagot, "El dominio de mí mismo" y "El poder de la voluntad". La parábola consistía, en este caso, en el siguiente cuento: Existe un camino de montaña que trata de una cornisa que comunica dos comunidades diferentes; la de este lado es una población campesina, donde abundan productos hechos con la leche, como quesos cuajadas y yogures, huevos, pollos y otras cosas provenientes del campo, y del otro lado los productos manufacturados, propios de los comercios; de manera que el tránsito entre ambas comunidades era muy fluido. Había otro camino que rodeaba dicha montaña pero era muy largo, para ir a pie se iba por la cornisa. Una mañana temprano iba por ese camino un hombre con paso algo macilento que, de pronto, se encontró con que una gran piedra, seguramente fruto de una avalancha, obstruía el paso. Se detuvo, la miró y se dio cuenta de que si intentaba pasar se precipitaría al abismo y exclamó: ¡Qué contratiempo! porque ahora tendré que hacer el camino más largo y se volvió sin intentar buscar la forma de solucionar el problema; más tarde se vio venir a otro, éste caminaba ligero y se notaba que era decidido; cuando llegó a la piedra que impedía el paso, se detuvo con un sobresalto pegó un brinco y se vio que era decidido pero para enojarse, porque empezó a maldecir en tal forma que pateaba a la pared de la cornisa, mientras

ENSEÑANZAS CON PARÁBOLAS.
ENSEÑANZAS CON PARÁBOLAS.

maldecía a todo el mundo, que ni Dios se salvó y se dio vuelta y se volvió atrás muy contrariado, sin intentar otra cosa; detrás vino otro a quien, al encontrarse, quiso disuadirlo a que continúe le dijo por qué, pero éste exclamó vamos a ver y continuó su camino; al llegar éste a la piedra, se detuvo y vio que era imposible pasar pero no dijo nada y se sentó en una piedra a pensar cómo solucionar el problema. De pronto, llevó la mano a la mente y dijo, ésta puede ser la solución y se volvió unos 500 o más metros donde había nacido un arbusto que creció en una grieta de la montaña que era necesario esquivar para pasar; sacó su cuchillo montero y cortó, no sin esfuerzo, las raíces del arbusto y pudo obtener una estaca de, más o menos, un metro y medio, la limpió bien y volvió a la piedra, la colocó con cuidado debajo de ella y puso otra para hacer palanca, luego comenzó a hacer fuerza para moverla y la gran piedra empezó a ceder, un esfuerzo más y se precipitó al vacío. El hombre, con un gesto de satisfacción, suspiró profundamente y exclamó ¡ya está! Y continuó su camino. Es admirable el proceder, la serenidad y la actitud de éste hombre frente al problema, se sentó a pensar con la mente fría y encontró la solución. Ni una señal de enojo ni de despotricar. Con eso no hubiera conseguido absolutamente nada. Mis hijos escucharon atentamente la parábola y les pregunté ¿con quién se quedan ustedes o como quién querrían ser? todos me contestaron, al unísono, como éste último, claro está, me dijo uno de ellos; pues bien les dije, vamos a ver si es así, yo voy a comprobar si realmente aprendieron, cuando se encuentren frente a un problema cualquiera e intenten solucionarlo. Pocos días después vino un hijo a quejarse por un contratiempo surgido por un problema que se había suscitado. Pensé unos instantes, y comprendí que era una oportunidad de ponerlo a prueba. ¿Recuerdas?, le dije y le hice acordar de la parábola anterior. "¡Sí recuerdo!", me dijo y se quedó callado, pensando, luego se retiró sin decir palabra y volvió, a los pocos minutos, para decirme ¡ésta es la es la solución! Y se explayó en ella. Exactamente, le dije y lo felicité. El protagonista era Rulo, así lo llamamos cariñosamente, desde chico hasta ahora, a este hijo muy querido como los otros. Me di cuenta por mis amigos y parientes que enojarse con los hijos y retarlos, por las faltas que cometen, es hasta contraproducente, porque algunas veces provoca en ellos rebeldía; lo que hace que se grabe en ellos, como lección, son los cuentos con fondo moral. Cuando mis hijos eran chicos, si cometían faltas, los llamaba con el semblante serio, los sentaba delante de mí y les contaba una parábola aleccionadora; al final les preguntaba, ¿saben por qué les cuento esto? Y esperaba sus respuestas las que, después de una pausa, llegaban como esperaba y los felicitaba en vez de reprenderlos. Muchas veces ocurrió que se disculpaban por la falta cometida y me prometían que no volverían a incurrir en ella y todo terminaba en paz pero con la lección aprendida.

-- Recuerdo que una vez Carmen, mi esposa, me dijo: ¡qué cara que te costó la enseñanza, Rómulo! Habíamos viajado con la casilla rodante a Chile, con la compañía del más chico de mis hijos, el cual a la sazón había ingresado a YPF y debía tomar servicio al día siguiente. Estábamos yendo por el camino que nos iba a llevar a la frontera con nuestro país. Teníamos un parabrisas nuevo, laminado, que hice poner en Santiago, que me costó 300 pesos. En Mendoza, donde primero quise poner, me querían cobrar 900 pesos argentinos; pero alguien que estaba en el comercio, que se enteró que íbamos a Chile, me dijo: si usted va a ese país, le convendría comprar allí, pues en Santiago el mismo parabrisas cuesta 300 pesos. Por supuesto que preferí comprar allí, de manera que tomamos la ruta costera que lleva a Iquique, en los límites con Perú, pero nos demoramos en Antofagasta, porque mi hijo hizo amistad, en un baile, con una chica que nos invitó a almorzar a su casa, cuyos padres, muy buenas personas, al día siguiente nos invitaron a un festival y nos distrajimos una semana, lo que hizo que nos diéramos vuelta para volver, pues mi hijo ya estaba en YPF y debía tomar servicio y yo tenía que llegar al taller, donde debía poner el parabrisas laminado, lo cual ya había averiguado, de paso, la dirección y la ruta que estábamos por transitar, era toda asfaltada y no ofrecía peligro, así que resolvimos darnos vuelta y volver. Sigo con el relato. Delante nuestro iba un camión y como ví que se acercaba mucho a él, le advertí que guardara la distancia de frenado porque, además, era una cuesta, de pronto el camión frenó y nuestro Falcon quedó a un metro y algo de él, ya era tarde; quiso doblar, para adelantarse, pero ni bien lo hizo se dio cuenta de que no podía, porque venían varios vehículos en sentido contrario, de manera que quedó el auto un poco de costado, en ese instante el camión sacó los frenos y por la cuesta en que estaba, se vino sobre nosotros y el chasis del lado derecho, se hundió el parabrisas y casi se va sobre mí; menos mal que mi hijo tocó la bocina y el camión frenó de nuevo y se detuvo a tiempo. Después presencié una escena desesperante; por un lado mi hijo, con el rostro desencajado, abrazándome y pidiéndome mil perdones y, por otro lado el chofer del camión, pidiéndome perdón, con lágrimas en los ojos. Yo le dije al camionero, ¡tú no tienes la culpa, el error fue nuestro que no guardamos la distancia de frenado! Mi hijo, por otro lado, terriblemente mal, con el rostro con signos de estar muy dolido, insistía "¿Papá y ahora qué vamos hacer?"; yo pensé unos instantes, nada más, y le dije: ¡por favor serénate, no pasó nada, no ves que todos estamos bien, vos te vas a sacar pasaje para Mendoza, para cumplir con YPF y yo me vuelvo a Santiago, para poner un nuevo parabrisas; siempre voy a salir ganando, porque los dos parabrisas acá me salen 600 y en Mendoza, 900. Por fin mi hijo se tranquilizó y fue a hacer lo que le dije y yo me volví para Santiago. Cuando llegué al taller de marras, el empleado me preguntó "¿qué le pasó al parabrisas?". Yo para hacerle una broma le contesté, broma en la cual me mantuve firme, hasta el final: como usted me dijo que "este parabrisas no se rompe nunca", yo el auto, imprudente, contra una madera y el parabrisas se hundió; comprendí ya tarde que no tenía que hacer eso. ¿De veras?, me dijo el empleado, ¡no lo puedo creer! Como yo aseveraba lo que decía, me miró con rareza y luego me preguntó ¿y ahora?, ¿Qué hacemos? ¡Poner un nuevo parabrisas!, le contesté. Los cuentos y las historias de esta naturaleza que no perjudican ni lastiman a nadie, al igual que las mentiras piadosas al contrario los benefician, en última instancia, debe solazar al quien lo concibió al igual que al entorno familiar.