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La erradicación del pecado

Exis­ten dos pun­tos de re­fle­xión en es­te tex­to de San Ma­te­o: la im­por­tan­cia y mé­to­do acon­se­ja­do por el Se­ñor, so­bre la co­rrec­ción fra­ter­na, y la pre­sen­cia ani­ma­do­ra del mis­mo Je­sús en la co­mu­ni­dad que ora en su Nom­bre.

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El pri­me­ro ma­ni­fies­ta una de­li­ca­da ac­ti­tud an­te quie­nes pe­can. El pe­ca­do, de va­ria­da gra­ve­dad en el se­no de la so­cie­dad, ne­ce­si­ta ser cui­da­do­sa­men­te erra­di­ca­do. ¿Có­mo lo­grar­lo? Cris­to ex­po­ne un ajus­ta­do y ati­na­do pro­ce­di­mien­to: "Si tu her­ma­no pe­ca, ve y co­rrí­ge­lo en pri­va­do. Si te es­cu­cha, ha­brás ga­na­do a tu her­ma­no". (Ma­teo 18, 15). Lo im­por­tan­te, pa­ra el Se­ñor, no es des­ta­car el as­pec­to vin­di­ca­ti­vo de la pe­na me­re­ci­da por el pe­ca­do, si­no la re­den­ción del pe­ca­dor. Por ello se mez­cla con los con­si­de­ra­dos pe­ca­do­res, los tra­ta cor­dial­men­te y par­ti­ci­pa de sus sa­nas in­quie­tu­des y le­gí­ti­mas bús­que­das. Cris­to ex­pre­sa su vo­lun­tad ac­tual de pre­sen­tar­se en­tre los hom­bres co­mo en­ton­ces. Lo ha­rá a tra­vés de aque­llos que son sus tes­ti­gos: to­da su Igle­sia, par­ti­cu­lar­men­te re­pre­sen­ta­da por los San­tos.

Cris­to es la Ver­dad y Bien su­pre­mo Cuen­tos de ha­das, ap­tos pa­ra ins­pi­rar las ge­nia­les re­a­li­za­cio­nes de Walt Dis­ney. En el men­sa­je evan­gé­li­co to­do es ver­dad aun­que, pa­ra nues­tro mun­do, es­pi­ri­tual­men­te mio­pe y de­pri­mi­do, pa­rez­ca in­cre­í­ble. En el bre­ve tiem­po de nues­tra vi­da se­ría trá­gi­co un au­to­en­ga­ño de es­tas di­men­sio­nes. Je­sús en­se­ña la ver­dad, Él es la Ver­dad. El cre­yen­te cree en Él. La fe es la "ven­ta de to­do lo pro­pio" pa­ra ad­qui­rir esa úni­ca y ne­ce­sa­ria Ver­dad. Me es­toy re­fi­rien­do a las pa­rá­bo­las que ex­po­ne el mis­mo Je­sús pa­ra ex­pli­car la im­por­tan­cia del Rei­no: "El Rei­no de los Cie­los se pa­re­ce a un te­so­ro es­con­di­do en un cam­po; un hom­bre lo en­cuen­tra, lo vuel­ve a es­con­der, y lle­no de ale­grí­a, ven­de to­do lo que po­see y com­pra el cam­po". (Ma­teo 13, 44). Es­ta­mos con­di­cio­na­dos por la am­bi­ción de ate­so­rar efí­me­ros va­lo­res y sa­cri­fi­car, al aca­pa­rar­los, el más au­tén­ti­co de to­dos: el Rei­no, de­so­yen­do la en­se­ñan­za del di­vi­no Ma­es­tro. Es clá­si­ca la es­ce­na del en­cuen­tro de Je­sús con el hom­bre ri­co: bue­na per­so­na y ob­ser­van­te de los man­da­mien­tos de Dios, "des­de su ju­ven­tud" (Mar­cos 10, 20). Su bús­que­da del bien y de la ver­dad atrae la sim­pa­tía in­me­dia­ta del Se­ñor, pe­ro su fi­nal le oca­sio­na una gran tris­te­za: "Je­sús lo mi­ró con amor y le di­jo: "Só­lo te fal­ta una co­sa: ve, ven­de lo que tie­nes y da­lo a los po­bres; así ten­drás un te­so­ro en el cie­lo. Des­pués, ven y sí­gue­me". Él, al oír es­tas pa­la­bras, se en­tris­te­ció y se fue ape­na­do, por­que po­se­ía mu­chos bie­nes". (Mar­cos 10, 21-­22). En una se­cuen­cia pos­te­rior, el Se­ñor ma­ni­fes­ta­rá la di­fi­cul­tad que cau­sa el ape­go a los bie­nes tem­po­ra­les: "¡Qué di­fí­cil se­rá pa­ra los ri­cos en­trar en el Rei­no de Dios!". No obs­tan­te: "Pa­ra los hom­bres es im­po­si­ble, pe­ro no pa­ra Dios, por­que pa­ra él to­do es po­si­ble" (i­bíd. 10, 23-­27).

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Es Quien re­con­ci­lia de ver­dad Cris­to es Dios, que vie­ne en au­xi­lio de los hom­bres. Quie­re en­con­trar­se con ellos, pa­ra cam­biar la si­tua­ción de pe­ca­do y de­so­rien­ta­ción en la que se ha­llan. Los con­se­jos de Je­sús, muy con­cre­tos y di­rec­tos, so­bre la co­rrec­ción fra­ter­na y la ora­ción co­mún, de­ben ser en­cua­dra­dos en la exac­ta com­pren­sión de su mi­sión di­vi­na. Al ser el Hi­jo de Dios en­car­na­do re­ú­ne, en su sa­gra­da Per­so­na, la re­con­ci­lia­ción de to­dos los hom­bres, con Dios, en­tre ellos y con to­da la Cre­a­ción. Re­cor­de­mos que el pe­ca­do es una rup­tu­ra de la co­mu­nión ori­gi­nal. Co­mo "mal uso de la li­ber­tad", in­ca­pa­ci­ta de­fi­ni­ti­va­men­te pa­ra la co­mu­nión o pa­ra el amor a los se­res hu­ma­nos, con las gra­ví­si­mas con­se­cuen­cias que afec­tan a to­do el Uni­ver­so cre­a­do. Po­dre­mos ob­ser­var, des­de una mi­ra­da ho­nes­ta, los de­sa­rre­glos ex­hi­bi­dos por la so­cie­dad con­tem­po­rá­ne­a, y la ra­zón por la que nues­tro mun­do no "sien­ta ca­be­za" pa­ra res­ta­ble­cer su ver­da­de­ra orien­ta­ción a la ver­dad. ¿Por qué los res­pon­sa­bles del bien co­mún de las per­so­nas pier­den el pre­cio­so tiem­po en con­fron­ta­cio­nes inú­ti­les y des­gas­tan­tes, mien­tras el pue­blo su­fre en so­le­dad?

No ex­clu­ya­mos la ora­ción Lle­ga el mo­men­to en el que to­do pa­re­ce frus­trar­se. Nos que­da Dios y su jus­ti­cia, que es mi­se­ri­cor­dia. La ex­hor­ta­ción a la ora­ción res­pon­de a la con­vic­ción men­cio­na­da más arri­ba: "Pa­ra los hom­bres es im­po­si­ble, pe­ro no pa­ra Dios, por­que pa­ra él to­do es po­si­ble". (Mar­cos 10, 23-­27). El es­ti­lo de ora­ción, que Je­sús ins­pi­ra, coin­ci­de exac­ta­men­te con el con­ven­ci­mien­to de que Dios ha­rá lo im­po­si­ble: "Tam­bién les ase­gu­ro que si dos de us­te­des se unen en la tie­rra pa­ra pe­dir al­go, mi Pa­dre que es­tá en el cie­lo se lo con­ce­de­rá. Por­que don­de hay dos o tres reu­ni­dos en mi Nom­bre, yo es­toy pre­sen­te en me­dio de ellos". (Ma­teo 18, 19-­20) Es­ta en­se­ñan­za res­pon­de a cir­cuns­tan­cias pun­tua­les, co­mo las ac­tua­les; me re­fie­ro al cla­mor por la apa­ri­ción con vi­da de San­tia­go Mal­do­na­do. La exi­gen­cia de no con­de­nar a na­die sin es­cla­re­cer el he­cho man­tie­ne su vi­gen­cia. Ello no exi­me de re­co­rrer las ins­tan­cias que co­rres­pon­dan, con una de­ci­sión rá­pi­da y efi­caz. Los co­men­ta­rios de to­da ín­do­le des­bor­dan los me­dios. ¿No es el mo­men­to de una es­pe­ra pru­den­te y de la ora­ción?

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