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Ambiente y producción, una dicotomía obsoleta para resolver con buena voluntad

La reconversión progresiva de sistemas productivos que lleva a disminuir el uso de productos químicos por otros biológicos en cultivos es cada vez más notoria.

Al menos en Corrientes, desde hace algunos años (seis o siete) las políticas productivas - que abarcan desde organismos del Estado hasta asociaciones de productores - tienen cada vez más en cuenta la importancia de hacer aplicaciones químicas controladas en las cadenas que necesitan de herbicidas y plagicidas para crecer y desarrollarse de manera rentable. Y - en algunos casos como el del pimiento - se han podido desarrollar sistemas completos basados en el criterio del biocontrol natural, con la posibilidad para los productores de prescindir por completo de productos químicos. Pero la bisagra entre el antes y el después es difícil de determinar, y con la vasta superficie de territorio dedicada a diversas actividades agropecuarias que tiene el país, que las prácticas se adopten demanda tiempo, en inversión en políticas concretas. Hubo un científico e investigador - quien fue presidente del CONICET y jefe del Laboratorio de Embriología de la UBA), que marcó la diferencia en el criterio científico sobre la supuesta "inocuidad" de los químicos utilizados en la agricultura. Se trató de Andrés Carrasco, un investigador que alertaba que el glifosato - componente principal de los herbicidas para la soja - puede producir malformaciones en embriones de anfibios que son semejantes a las reportadas en humanos gestados en zonas fumigadas. En nuestra región fue el bioquímico Raúl Horacio Lucero (investigador del Laboratorio de Biología Molecular del Instituto de Medicina Regional y docente de la Cátedra de Medicina III, área Infectología de la Facultad de Medicina de la UNNE), quien continuó en parte los estudios de Carrasco. Considerado como un referente en la afección de agroquímicos a la salud, Lucero expone sobre casos que logró documentar sobre pacientes derivados del Hospital Pediátrico de Chaco a su Laboratorio de Estudios Genéticos. La cuenca del río Paraná tiene más de un millón y medio de kilómetros cuadrados de superficie y cuatro mil kilómetros de longitud. El análisis del CONICET de 2011 difunde la detección de seis lugares donde se hallaron restos químicos en los sedimentos, de 23 puntos estudiados, de los cuales la mayor concentración se encontró en el delta del Paraná. Estudiarlo será importante. Pero más aún será afianzar el criterio de que la producción agropecuaria sostiene a las economías regionales y así fomentar las prácticas amigables con el ambiente (y sancionar a quienes no lo llevan adelante). Ese será el puente que permitirá desandar el ya obsoleto entrenamiento conceptual entre producción y medio ambiente, que sólo conllevan retraso y afecciones a la salud.