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Rubén Orlando Giménez

redacción de época

UN RESUMEN DE FIN DE FIESTA

Que el grito de la identidad no confunda auténtico con estático

El ADN chamamé se enriquece en cada crossing-over y genera cambios. Y si esa novedad proviene de la tradición, no es un riesgo de extinción: es evolución.

"KIRI" PALACIOS EN UNA ENRAMADA CON JÓVENES CHAMAMECEROS. CAPTURA DE VIDEO EN REDES.

Se fueron los diez sapukái para un mundo nuevo y se lanzó el "grito de identidad". El chamamé deja la reunión convocada por la fiesta nacional, del MERCOSUR y Mundial para volver a las fuentes que lo nutren y le dan autenticidad, lo que no quiere decir que sea una condena a la inmovilidad estática que niega la vida que siempre es cambio.

Como dice Joan Manuel terminada la fiesta la zorra rica al rosal, la zorra pobre al corral. En esencia, volver a la vida cotidiana, que es lo que le da esa fuerza que cada año explota como el big bang originario que expande su universo.

KARINA REAVIVÓ UN DEBATE ETERNO.

Ese grito de identidad está allí entre la gente que llena las pistas de baile, los festejos patronales, los casorios, los cumpleaños de 15 o en las enchamigadas espontáneas que salen de una frase como solía proponer un amigo "¿Y si tiramos algo a la parrilla…?".

En cada uno de los finales de las noches del Cocomarola esa identidad se refugiaba en los afters de quienes no se saciaron con lo que vieron sobre el escenario y fueron a armar sus enchamigadas en algún pub, bar o la rotonda de la Pujol.

Quien escribe estas líneas fue testigo de esas juntadas, en la casa de una de las bailarinas del ballet oficial a pocas cuadras del anfiteatro. Chamameceros de todas las edades compartiendo música y baile debajo de la parra del patio, como cuentan los historiadores a cubierta del sol fuerte de las mañanas domingueras de enero bajo la enramada. Nada puede ser más auténtico e identitario que eso a pesar de los celulares o el maquillaje de las chicas con glitter y pestañas postizas.

Allí se puede ver a chamameceros consagrados, amateurs y aquel músico que a duras penas consigue que lo inviten a tocar en alguna peña o quien tiene la responsabilidad de mantener el legado de uno de los grandes como "Kiri" Palacios, heredero de la simpatía del legendario Simón de Jesús, cantar sin micrófonos en duelo de conjuntos.

Auténtico no quiere decir estático, aunque sobre el escenario los más aplaudidos sean aquellos consagrados con nombre propio que año tras años repiten rituales que emocionan a la concurrencia que le es fiel, con un repertorio casi calcado de las presentaciones anteriores con algunos retoques, ya sea en el eje temático como Los de Imaguaré o el recambio generacional de quien canta los temas habituales como la familia Bofill o quien se asume como único heredero de Ernesto Montiel y los Sheridan o que tan bien disimulan con sus fuegos de artificios Los Alonsitos.

No es casualidad que un debutante en la fiesta nacional como Lázaro Caballero haya causado sensación y lograra la ovación del público cantando y recitando creaciones tradicionales que están insertas en la memoria colectiva del chamamecero, y aquellos que presentan temas nuevos y se animan a ofrecer algo fuera de ese guion son colocados en los espacios menos trascendentes de la grilla y también otorgan autenticidad.

Amadeo Campos tuvo una actuación fugaz a la madrugada, pero presentó varios temas nuevos. Lo mismo hizo David Díaz Marchetto o sus excompañeros de Luna Payesera, sin hablar de Guido Zanone, ese neerlandés que adoptó a Corrientes como su patria chica y tantos otros que se bancan contener al público en las madrugadas.

No quiere este escrito ser una crítica descarnada porque bien lo dice Julián Zini: se debe partir hacia lo nuevo desde la tradición porque cargar ADN chamamé no es una condena a ser un clon de las versiones anteriores, seguramente Chingoli Bofill, Gabriel Cocomarola, "Toti" o Ernestito Montiel, "Santi" y Pablo Sheridan encontrarán su propio camino si continúan la búsqueda, como en su tiempo lo hallaron "Antoñito" Tarragó Ros, Coquimarola, Juan Pedro Sorribes y Matías Galarza, entre otros.

Vale aclarar que este recuento limitado de nombres es a modo ilustrativo, ya que por fortuna el chamamé sigue aportando figuras nuevas en esa infinita expansión de su universo.

Lo de Karina abre un debate: "¿Puede una artista de ‘otro’ género atreverse a cantar sus creaciones en el templo del chamamé?". Cuando menos es discutible si tenemos en cuenta que muchas de las estrellas cumbieras son hijos o nietos de familias chamameceras. Lo cuentan siempre referentes como Pablito Lezcano, lo narraban los integrantes de La Nueva Luna que fueron un suceso chamamecero.

Los estudiosos e intelectuales nos deben esa investigación, la que certifique la influencia o paternidad del chamamé sobre otros estilos y géneros musicales, porque en definitiva como decía Julián Zini "los migrantes prendieron sus raíces entre las grietas del asfalto y florecieron".

También debemos seguir la estela que dejaron los peones rurales que llevaron el dos hileras a las profundidades de la selva del Chaco salteño y fueron parte esencial en la aparición de la chacarera del monte, tal como lo reconocía Coco Gómez, uno de los referentes máximos de ese género. Lázaro Caballero que puso de pie a todo el anfiteatro, también es producto de esa influencia del chamamé.

O bien, que se pongan la campera térmica y se le animen a los confines rurales de la Patagonia, tanto argentina como chilena, para buscar allí la explicación de por qué Cele Vera revienta taquillas donde se presenta y explota en récords de likes en las plataformas musicales y redes sociales.

Entonces, debemos comprender que los chamameceros tenemos mucho que ver con esos cumbieros, ya sea Yiyo o del Conurbano que son portadores del avío del alma que describe Julián Zini, al ser hijos o nietos de aquellos correntinos y nordestinos que se fueron a otros confines, que con el cambio del tiempo "por Dios y la patria" están volviendo.

Por todas estas razones no nos tiene que asustar que Karina exponga un "Corazón mentiroso" o se le anime al chamamé más tradicional leyendo la letra desde un iPhone, porque autenticidad y tradición no es sinónimo de inmovilidad. El ADN chamamé se enriquece en cada crossing-over y genera cambios. Y si esa novedad proviene de la tradición, no es un riesgo de extinción: es evolución.