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Gustavo Gamboa

redacción de época

UNA LOCURA IMPROPIA DE UNA SOCIEDAD DEMOCRÁTICA

Los cuestionados carreros quisieron tomar violentamente la Municipalidad

Las normas que regulan la convivencia ciudadana se deben respetar y no se pueden imponer exigencias a los guachazos y pedradas contra los policías.

POLICÍAS DEL GRUPO DE INFANTERÍA CUSTODIARON EL ACCESO AL PALACIO MUNICIPAL.

Una locura lo de los carreros. Primero: el listado de exigencias que llevaron hasta el Palacio Municipal, contrario a todo tipo de convivencia ciudadana. Segundo: que hayan traído innumerables carros y caballos al microcentro de la ciudad, con el tremendo impacto que generó en el tránsito de la zona más congestionada de Capital y los desechos fisiológicos que dejaron los cuadrúpedos en el casco histórico. Tercero: intentar ingresar en forma violenta al edificio de la Comuna y agredir frenéticamente y en forma desencajada a los efectivos policiales que custodiaban la sede municipal y a los trabajadores que allí prestan servicios. Cuarto: las incontables razones por las que los capitalinos se mostraron muy críticos a la labor de los carreros (desde el maltrato animal hasta la comisión de todo tipo de infracciones viales que, vale decir, ya costaron la vida de vecinos).

Temprano, la postal de los carreros modificó la fisonomía del ya complicado tránsito en el microcentro capitalino. Que se hayan apostado frente y en las inmediaciones del Palacio Municipal significó hacerle más difícil la vida a quienes deben circular por la zona más dificultosa de la capital. Y mientras los carros de tracción a sangre ganaron el panorama, los caballos dejaron sus desechos por las arterias viales transitadas. Una puerqueza.

Apostados frente al acceso del despacho del Intendente, el movimiento de los carreros perfectamente orquestado políticamente impuso que los funcionarios municipales recepcionen a sus representantes. Y no pudieron encontrar otra manera de canalizar su ansiedad por una "urgente" reunión que la violencia: ante el freno de los policías a un acceso en masa, llovieron cascotes, las guachas salieron a relucir y hasta los conos de la estación de servicios del Automóvil Club sirvieron como proyectiles.

Sin entrar a debatir las razones que motivaron la protesta de los carreros, que significaron innumerables reproches de los lectores de época tal como se puede apreciar en la página 8 y en nuestras redes sociales, de por sí la metodología empleada desestima cualquier juicio sobre sus exigencias.

Nadie puede imponer sus pretensiones con violencia sobre los derechos del resto de la ciudadanía. Hay un Poder Ejecutivo (Intendente) y un Legislativo (Concejo Deliberante) que representan la voluntad mayoritaria de quienes habitamos la ciudad. Son los responsables de la redacción de las normas de convivencia ciudadana y de que estas se apliquen. Los carreros expresaron su descontento sobre legislaciones vigentes (las mismas que fueron sancionadas por concejales de diferentes extracciones políticas partidarias), normas establecidas para la armonía vecinal. Y no tuvieron mejor idea que intentar imponer con violencia sus propias pretensiones por encima del bien común. Eso, sin siquiera necesidad de debate, no es aceptable en democracia.