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COSAS DEL ALMA

El día después

Terminada la Fiesta Nacional del Chamamé nos queda latiendo el vívido recuerdo de cuanto allí sucedió. Pasó sólo un día y sentí el deseo irrefrenable de volver al anfiteatro Cocomarola, llevado por una cierta nostalgia de todo lo acaecido.

Y allí estaba el silencio. Profundo, envolvente, sobrecogedor. El vacío de la plaza se hizo mío; en mis adentros, como la fría imagen de cada sitio, el escenario, las butacas, todo. Donde hace tan sólo horas reinaban el bullicio, los aplausos, la algarabía, la ovación y mil y una emociones diferentes encendidas, ahora todo se pobló de ausencia.

Un dejo de melancolía me invadió callado. Sin embargo, mi memoria se embriaga de imágenes, colores y el sonido imponente del chamamé que fue dueño del sitio hace tan pocas horas, en una especie de extraño deja vú qué me envolvió en un mar de sensaciones, de un modo indescriptible, como provenientes de algún lugar sublime, cual si fuera un milagro. Un dejo de melancolía me invadió callado. Eran duendes que poblaron mi mente de colores y brillos y el sonido imponente entre arpegios y voces, entre acordes de fuelles y el tañer de guitarras desplegándose al viento con estatura de himno. De la música amada. El chamamé, el amo indiscutido de la fiesta del alma.