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POLÍTICAS PÚBLICAS CONSPIRAN CONTRA EL SECTOR

El campo reclama políticas fértiles

El fantasma de la desocupación volvió sobre los trabajadores del frigorífico de Riachuelo. Los productores ganaderos sintieron la pérdida de una oportunidad. Y en la ciudad deambulamos entre el apoyo y la crítica al sector rural.

El posible cierre de la "Muralla China" puso en escena la realidad de uno de los sectores productivos más importantes del país. Primero están los 100 trabajadores que sufren la amenaza del desempleo y se traslada a sus familias y a proveedores. Además, afecta a los ganaderos que esperan una alternativa sólida de comercialización.

La intervención del Gobierno provincial ayudó a despejar el temor. De todas formas, no se sabe si es temporal o definitivo. El frigorífico es uno de los ejemplos de la ausencia de políticas acertadas y previsibles para un importante sector de la economía.

No quedan dudas que el Gobierno Nacional es el principal responsable del futuro de los productores. Las provincias sólo pueden tomar medidas para colaborar en la coyuntura pero no servirán para sembrar la certeza que necesitan.

La producción primaria es la generadora de riqueza más importante de Argentina pero también las más maltratadas en las últimas décadas. Las políticas gubernamentales equivocadas desaniman a grandes productores y, mucho más, a medianos y pequeños ruralistas.

Todos conviven con la incertidumbre. Son víctimas de un mix de desaciertos que pasan por las limitaciones a las exportaciones, las retenciones, el descontrol del mercado de divisas, la falta de regulación del mercado interno y otras cuestiones que demandarán varías líneas a esta columna.

El campo es el primer sector al que recurren los gobiernos de turno para solventar las necesidades del país, luego sobrevuela "el olvido" de todos. Alguna vez una porción importante de argentinos salió a la calle pronunciando la frase: "El campo somos todos". El paso del tiempo demostró que muchos no conocían los argumentos y sólo fue un "grito" de disconformidad personal con el gobierno de turno.

Una disociación social que nos agobia a los argentinos y nos hace responsables de subirnos al péndulo de las políticas gubernamentales. Estas últimas, definidas por una dirigencia que, a cuatro décadas del regreso de la democracia, no encuentra Políticas de Estado sólidas para dar previsibilidad a los sectores productivos.

Es cierto que hay grandes productores del campo que nunca pierden. Quizás no logremos saber si es por capacidad para readaptarse o por factores contaminados de ilegalidad. Sólo miremos las miles de toneladas de soja secuestradas antes de pasar a Brasil tratando de evadir impuestos. Mientras tanto, los más pequeños desaparecen sin alternativas para sobrevivir. No quedan dudas que las políticas gubernamentales se basan en "zarpazos" sobre "la gallina de los huevos de oro". Un resultado deficiente por la negligencia de la clase dirigente que nos gobierna y no logra estrategias para contener a todos los sectores.

Los discursos modernistas sueñan con polos tecnológicos olvidando que la población necesita alimentarse. Son los autores de los éxodos modernos desde el campo, que terminan creando cinturones de pobreza en las grandes ciudades y dejando al ruralismo librado al azar de la coyuntura.

Ningún color político cambió el destino de los productores en las décadas del siglo XXI. Las dos últimas del anterior fueron devastadoras para los pequeños productores. La resiliencia es una virtud valorada en nuestro tiempo y los agropecuarios la practican hace mucho.

También es cierto que existe una disociación entre el campo, la ciudad y los gobiernos de turno. La solidaridad reclamada por los ruralistas no la practican en tiempos de bonanza. Siempre los consumidores son rehenes de los precios en las góndolas de carnicerías y fruterías.

Esa realidad aporta credibilidad a los críticos del sector agropecuario y hacen razonable el pedido para que hagan su aporte. Más aún, cuando los sectores productivos alternativos están débilmente desarrollados para proporcionar riqueza al país.

Las políticas públicas nunca colaboraron en la articulación de todos los subsectores del campo. Los diferentes colores políticos gobernantes no tuvieron capacidad para construir círculos virtuosos de comercialización. No ayudan para que, cada eslabón de la cadena, tenga la rentabilidad necesaria.

Tampoco podemos olvidar la precarización laboral que afecta a los trabajadores y modificarla es responsabilidad de los dueños de la tierra. Un ejemplo de la falta de solidaridad exhiben las estadísticas al revelar la informalidad de miles de empleados rurales llegando a inhumanas condiciones de explotación laboral.

La sinergia para que todos seamos "el campo y la ciudad" es responsabilidad de las autoridades, tanto nacionales como provinciales. De ellos, depende que los emprendimientos productivos sean duraderos, las góndolas estén abastecidas con precios accesibles y los trabajadores no sufran el fantasma de la desocupación.