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Restiamo a casa

UDías atrás, hablando con un amigo, que conversaba del fenómeno de los italianos e italianas que, obligados a un aislamiento a causa de ese maldito virus, se asomaban a las ventanas de sus departamentos, salían a los balcones de sus casas, cantando, tocando música con los más variados instrumentos, recibiendo el aplauso y el acompañamiento de todos sus vecinos. Todos, yo incluido, públicamente hemos celebrado el extraordinario "spirito italiano" y su capacidad de enfrentar de manera muy peculiar las más complejas y difíciles situaciones. ¡Esto pasaba hace unos días! Hoy creo que se impone un distinto acercamiento al drama que el mundo está sufriendo.
autor
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Es necesario desarmar, destruir ese tipo de lectura que sólo puede provocar una minimización del peligro que todos estamos corriendo. Dejemos, por favor, de lado esta actitud respecto al problema del coronavirus: destacar, poner el acento, sobre situaciones como la descrita. En mi opinión nos aleja de la terrible realidad que representa para la humanidad este virus. Además, haciendo esto, podríamos no estar comprendiendo plenamente el drama que muchas partes del mundo están viviendo con la consecuencia de ser tentado a disminuir el nivel de guardia. Es necesario asumir cuál es la realidad y el alcance de esa epidemia: lo siguiente es lo que está pasando en Bérgamo, uno de los territorios más ricos, más plenos de historia, más civilizados y más organizados de toda Europa.

¡Pasamos de los ataúdes de Bérgamo a la procesión fúnebre en gris-verde, la primera de nuestra historia reciente!

para ilustrar
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Una vez más debemos observar las imágenes de la catástrofe que tenemos ante nuestros ojos con un suplemento de lucidez, tratando de ir más allá de las apariencias y más allá de las emociones más inmediatas que nos inspiran. La procesión de ataúdes en camiones militares ha sido contada por todos en su ferocidad inmediata y terrible, en la dimensión del luto irreprimible que nos comunica a primera vista. Pero ese rito sumario implica consecuencias mucho más profundas y drásticas para nuestro sistema civil: es una gran cremación masiva, que tiene lugar, de hecho, de forma anónima. No porque las identidades estén confundidas (afortunadamente todavía no estamos en fosas comunes), sino porque ya nada distingue una incineración de otra. Nadie acompaña el último viaje.

Es, de hecho, el fin de cualquier relación entre la sociedad civil y sus cuerpos. Y quizás también deberíamos considerar a los muchos trabajadores funerarios que fueron infectados sólo para componer esos cadáveres, en una forma aceptable, antes de sellar y soldar los mamparos de zinc del ataúd. Una bonita paradoja: ¡la de aquellos que arriesgan sus vidas para dar orden a la muerte! Llegamos al punto: ¡todos somos iguales, anónimos, en estos ataúdes!

Ahora mire la procesión fúnebre en gris-verde e intente imaginar cómo funciona la nueva cadena de duelo. Suponga que usted fuera un familiar que llevó a un padre o pariente a la sala de emergencias, tal vez sólo hace 24 o 48 horas. Desde entonces no ha podido ver a este miembro de la familia, no ha podido hablar con él, ni siquiera por teléfono porque el paciente terminó en una forma de aislamiento hospitalizado, en uno de los meandros de los nuevos círculos dantescos de la época del COVID-19. Imagine que nunca más volvió a escuchar nada de su familiar, hasta que llega una llamada telefónica lacónica: "Su familiar murió". Murió solo. O "fue incinerado". Esto es lo que los médicos se ven obligados a hacer, en estas horas, sin ninguna intermediación.

Usted no sabe dónde sucedió. No sabe dónde están las cenizas de su ser querido en el momento en que le cuentan la noticia. La esperanza de recuperar las cenizas se pospone a una fecha que nadie sabe todavía (con suerte lo antes posible). Ya sabemos que el crematorio de Bérgamo (sólo hay uno en la ciudad) está activo las 24 horas, pero ahora también hemos aprendido que muchas ciudades se han puesto a disposición para aceptar los ataúdes y proceder con la cremación: en Módena, en Brescia, Parma, Piacenza, Rimini y Varese. En todos estos hornos, los cuerpos que el sistema de Bérgamo ya no puede manejar, se queman. No hay más funerales, no hay más entierros. Sólo una vez que se lleva a cabo la cremación, las cenizas serán devueltas a Bérgamo, con un ciclo de emergencia del cual entendemos la razón, pero del cual aún no conocemos todos los efectos en nuestras vidas.

A causa de la pérdida de contacto con el cadáver, con cualquier forma de testamento biológico, nos lleva a perder el concepto de "individuo", de que cada lápida, cada sepulcro corresponde a una persona. Esto está sucediendo hoy en Bérgamo. La muerte, como ceremonia civil y religiosa de una comunidad, se ha transformado en un simple procedimiento de salud pública.

Por eso, si, y cuando salgamos de la epidemia, una gran ceremonia colectiva se volverá necesaria, se necesitará un gran rito religioso y público para intentar sanar esta herida.

No serán las ceremonias fúnebres de alguien: serán un gran duelo nacional.

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