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Corrientes, Argentina.
Otro faro que se apaga
Jueves 17/05/2012 | 02:50 hs

    “Lees ese anuncio: una oferta de esa naturaleza no se hace todos los días. Lees y relees el aviso. Parece dirigido a ti, a nadie más. Distraído, dejas que la ceniza del cigarro caiga dentro de la taza de te que has estado bebiendo en este cafetín sucio y barato. Tu releerás. Se solicita historiador joven. Ordenado. Escrupuloso. Conocedor de la lengua francesa. Conocimiento perfecto, coloquial. Capaz de desempeñar labores de secretario. Juventud, conocimiento del francés, preferible si ha vivido en Francia algún tiempo. Tres mil pesos mensuales, comida y recamara cómoda, asoleada, apropiada estudio. Sólo falta tu nombre. Sólo falta que las letras más negras y llamativas del aviso informen: Felipe Montero. Se solicita Felipe Montero, antiguo becario en la Sorbona, historiador cargado de datos inútiles, acostumbrado a exhumar papeles amarillentos, profesor auxiliar en escuelas particulares, novecientos pesos mensuales. Pero si leyeras eso, sospecharías, lo tomarías a broma. Donceles 815. Acuda en persona. No hay teléfono.  Recoges tu portafolio y dejas la propina. Piensas que otro historiador joven, en condiciones semejantes a las tuyas, ya ha leído ese mismo aviso, tornado la delantera, ocupado el puesto. Tratas de olvidar mientras caminas a la esquina. Esperas el autobús, enciendes un cigarrillo, repites en silencio las fechas que debes memorizar para que esos niños amodorrados te respeten”. Así eligió comenzar hace 50 años su novela breve Aura, el escritor mexicano Carlos Fuentes. Integrante del denominado boom de la literatura latinoamericana de los ’60, el escritor falleció a los 83 años en México, donde se encontraba hospitalizado.  Si la literatura latina es lo que es por estos días se lo debe a las plumas de Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes y García Márquez, quizás la locomotora de ese fenómeno literario -que ostentó como nunca antes la venta de cientos de miles de ejemplares- a partir de sus Cien años de soledad. Antes de ellos, y a mucha menor escala de ventas o de efecto, habían hecho su aporte a la causa talentos inigualables como Rubén Darío o Felisberto Hernández. La asociación inmediata lleva a pensar que Fuentes era mexicano, sin embargo el autor de textos como La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Cambio de piel había nacido en la ciudad de Panamá el 11 de noviembre de 1928. Además de la literatura a este grupo de escritores los unió la admiración mutua y amistad, más de una vez Gabo y Carlos supieron contar los largos periplos que tuvieron en tren con el autor de Rayuela hablando de literatura, jazz y boxeo.  Uno podía coincidir o no con algunos de sus dichos, pero nunca podía tachar su figura de polémica o controvertida como sí puede ostentar Vargas Llosa. Hace apenas unas semanas pasó por Buenos Aires para ofrecer una charla magistral en la Feria Internacional del Libro, momento disfrutado por miles de personas. Hace apenas un puñado de días, el diario El País de España publicó una extensa entrevista que le realizó durante su paso por Argentina en la que el escritor habló absolutamente de todo, de su libro recién terminado: Federico en su balcón y de uno que cargaba en su cabeza y que se aprontaba a escribir: El baile del centenario.  Uno de los eternos dilemas que rodea a los escritores es el de la hoja en blanco: “Miedos literarios no tengo ninguno. Siempre he sabido muy bien lo que quiero hacer y me levanto y lo hago. Me levanto por la mañana y a las siete y ocho estoy escribiendo. Ya tengo mis notas y ya empiezo. Así que entre mis libros, mi mujer, mis amigos y mis amores, ya tengo bastantes razones para seguir viviendo”.  Con respecto a lo que venía, Fuentes comentaba en esa entrevista que “en la que he terminado, Federico en su balcón, Nietzsche aparece resucitado en un balcón a las cinco de la mañana y yo inicio con él una conversación. Y la que voy a empezar, El Baile del Centenario, termina una trilogía de la Edad Romántica, que cubre desde la celebración del centenario de la Independencia en septiembre de 1910, que lo organiza Porfirio Díaz, y la celebración del fin del centenario en 1920, que la organiza Álvaro Obregón con José Vasconcelos, de manera que cubre diez años de la vida de México. Tengo ya muchos capítulos, notas y personajes. Hay una mujer que me interesa mucho, que no quiere decir nada de su pasado y se va descubriendo poco a poco, hasta que llega al mar y se libera”. Su luz terminó por apagarse para todos aquellos que disfrutamos de su pluma. Como consuelo quedarán sus obras escritas y lamentaremos no terminar de enterarnos cómo culmina esa historia ambientada en la México de principios del siglo XX. .
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